OPINIÓN

Niebla

La VanguardiaEL RUNRÚN Imma Monsó
Cuando tenía ocho años, empecé a pasar la tarde en el trabajo de mi madre por no quedarme sola en casa. Por la noche, tras apagar la última estufa, salíamos ella, yo y sus dos empleados a la tremenda niebla oscura del paseo de Fernando, desierto, y un millar de glaciales cuchillos húmedos nos atravesaban de parte a parte. En la acera, siempre la misma historia: ellos (dos hombres de buen ver que rondaban los cuarenta) insistían para acompañarnos a casa en sus furgonetas. "Piense en la niña",decíauno."Noseatozuda",decíael otro.Habíaconfianza.Peronolasuficiente como para que mi madre, de 37 años y viuda de buen ver, aceptara la propuesta. Yo se lo reprochaba luego y ella replicaba: "¿Te crees que estoy loca o qué?", como dandoaentenderquecircularenlafurgoneta de un hombre guapo y casado por la noche era impropio de una mujer decente, y más con niebla, que vuelve la situación más confusa.
Ahoraséquenoeraunacuestióndepuritanismo: era esquiva. Y prefería ensimismarse en sus cavilaciones mientras nos congelábamos esperando el autobús. Así que en lugar de llegar a casa en diez minutos, pasábamos un breve periodo de enfriamiento discutiendo sobre la acera con los dos caballeros y luego casi media horaesperandoelautobús.Verloalolejos eraunaalegríaindescriptible.Enrealidad demasiado efímera, porque no lo veíamos a lo lejos, sino cuando ya iba frenando.
Ese contraste de dureza y alegría, la de llegar a la casa que mi pobre madre intentaba hacer acogedora y cálida, me dejó recuerdos imborrables y siempre busco y deseo la niebla cuando estoy ahí. No alardeo de ello a menudo: la mayoría de mis conciudadanos la maldicen y si digo lo que pienso temo que les parezca el capricho romántico de una forastera que lleva años viviendo en tierras a las que les sobra el sol. Así que busco terrenos de consenso con ellos para hablar de mi amado fenómeno. Reina cierto consenso, por ejemplo, a la hora de opinar que la niebla del pasado era más contundente y duradera. Aunque este año ha pegado fuerte, hay años en que apenas se deja ver y en su lugar se presenta el invernal sol tristón de poniente.
Por la noche, tras apagar la última estufa, salíamos a discutir y a congelarnos sobre la acera
Cuando está presente, no siempre es tan densa como entonces: los días de enero en que he estado ahí ha sido niebla alta, tan alta que parecía una de esas ciudades centroeuropeas que ni tienen el excitante enigma de la niebla ni la alegría de los días soleados. Otras veces es como una de esas neblinas semisucias de Barcelona: un manto de vapor light, poco íntegro, indeciso y posmoderno, que deja pasar algunos rayos de sol. Y esa es la peor presentación, porque ni tiene la gracia alada de la neblina rural ni la consistencia de lo que fue (y aún es a veces) la misteriosa y exuberante niebla de Ponent, que a cada paso prometía una aventura insospechada.
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Sources
Challenges
Courrier international
EL PAÍS
L'Humanité
La Croix
La Vanguardia
Le Figaro
Le Monde
Le Parisien
Les Echos
Libération
NY Daily News
Sciences et Avenir