OPINIÓN

El arrogante saber de Trump

La Vanguardiajeudi 12 janvier 2017
Trump hace frente a una situación especialmente difícil; intenta persuadir a su propio partido de que los rusos, o en cualquier caso sus actuales dirigentes, son esencialmente gente amigable que desea el mantenimiento de normales relaciones con el Kremlin. Sabe muy poco sobre Rusia, y lo que sabe es erróneo. Según él, ha llegado el momento de enterrar el hacha de la guerra fría y la Rusia del 2017 ya no es la de Stalin o la de la revolución mundial. Quieren relaciones normales, tal vez aún más que eso. Agradecerían en sumo grado que Washington les ayudase a recuperar los territorios perdidos hace alrededor de un cuarto de siglo, cuando se desmoronó la URSS. Según la visión de Trump, la Rusia actual es un país de limitadas ambiciones. Agradecería naturalmente la ayuda estadounidense para recuperar no sólo Crimea, sino también los países bálticos, Moldavia y algunas otras regiones. Si el liderazgo del Kremlin se ha irritado en los últimos años, obedeció a que no recibió tal ayuda. Por el contrario, sólo topó con obstáculos en su empeño. El problema a que hace frente Trump es que no sólo a los demócratas les desagrada tal concesión a Rusia, sino que en su propio partido no se aprecia ningún interés ni entusiasmo. El Partido Republicano, al fin y al cabo, ha sido durante décadas el partido de los halcones y la Unión Soviética era el enemigo "por excelencia".
Es verdad que Rusia ha cambiado, de hecho ha cambiado notablemente. Pero ¿ha mostrado una actitud más favorable hacia EE.UU.? La insistencia constante de Washington sobre los derechos humanos y su violación ha excitado al máximo el nerviosismo del Kremlin. Y ello se refiere no sólo a Vladímir Putin, sino a los situados a su derecha, que han argumentado durante un periodo considerable que Estados Unidos es un enemigo jurado de Rusia, sin tener en cuenta si esto se refiere a la URSS de antaño o al actual régimen conservador. Por qué esto tendría que ser así no está del todo claro porque el interés de Rusia en EE.UU. corresponde a fecha relativamente reciente. No se remonta mucho más allá del fin de la Segunda Guerra Mundial.
W. LAQUEUR, miembro del Consejo de Estudios Internacionales de Washington
No obstante, las preferencias y aversiones de la política exterior rusa no son fáciles de entender. Considérense, por ejemplo, las relaciones rusas con Alemania. Han sido estrechas desde el siglo XVIII, incluso cuando había un partido antialemán en Rusia y un partido antirruso en Alemania. Pero, en general, hubo un consenso en el sentido de que era por interés de ambos que deberían colaborar estrechamente no sólo en el sector económico. También tuvieron lugar desagradables interrupciones como las acarreadas por Adolf Hitler. Los nazis infligieron enormes daños a Rusia, pero el Kremlin las disculpó con relativa rapidez. Después del hundimiento de la Unión Soviética, en especial hace unos cinco años, pudo apreciarse que estaba surgiendo en Europa un nuevo eje MoscúBerlín. Pero, más recientemente, parece que el Kremlin se ha visto amargamente decepcionado por Merkel, que se está convirtiendo en el coco de Moscú.
Según la visión de Trump, la Rusia actual es un país de limitadas ambiciones
De nuevo, por qué debería ser así no está claro. Quizá porque las relaciones entre Alemania y EE.UU. han sido demasiado estrechas a gusto de Putin. En algunos aspectos, la decepción del Kremlin con Washington es difícil de entender. Las actitudes rusas son muy frecuentemente irrazonables. Tal era el sentido del famoso poema corto de Tiútchev Umom Rossiyi ne pónyat (Rusia no se puede entender racionalmente). Es cierto que EE.UU. y la nueva Rusia han evolucionado en una dirección derechista, tanto económica como políticamente. No obstante, ambos son países conservadores, Estados Unidos sigue siendo un país orientado según el statu quo, lo que no es el caso de Rusia. Y no especialmente después del desmoronamiento de los años ochenta y del empeño de recuperar tantos territorios como fuera posible. De ahí la firme convicción en la derecha rusa, de los situados más allá de Putin, de que EE.UU. siempre ha sido y será el enemigo jurado de Rusia. Pero enemigo ¿en qué sentido? La revolución mundial ya no figura en la agenda y las actuales estructuras económicas rusas son más similares al periodo del capitalismo sin escrúpulos estadounidense de hace más de cien años. Algunos ideólogos creen que el odio estadounidense hacia Rusia se halla enraizado en su "atlantismo", pero nunca ha quedado muy claro lo que significa realmente el atlantismo. Forma parte integrante de la nueva ideología rusa llamada "geopolítica", una mezcla de lo obvio y lo absurdo.
La cuestión principal es si los rusos hackeaban influenciando el resultado de las elecciones estadounidenses. Trump mantiene que los rusos no lo hacían y, de ser así, no tuvo consecuencias. Su amigo Putin le dijo probablemente que si hubo hacking fue llevado a cabo por individuos malévolos sobre los que el Kremlin carece de control. Donald Trump está irritado con sus responsables de inteligencia, no les quiere ver a menos que confirmen lo que ya sabe. Y, por añadidura, lo sabe de forma satisfactoria en lo concerniente a casi todos los demás temas. Esta es la realidad en Washington.
Traducción: José M.ª Puig de la Bellacasa
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Sources
Challenges
Courrier international
EL PAÍS
L'Humanité
La Croix
La Vanguardia
Le Figaro
Le Monde
Le Parisien
Les Echos
Libération
NY Daily News
Sciences et Avenir